"Las ocho montañas" de Paolo Cognetti

Pietro es un niño introvertido que vive en Milán. Su padre y su madre tienen una visión diferente de la vida, pero comparten la misma pasión: la montaña. Allí se conocieron, se enamoraron y en las Dolomitas se casaron. La ciudad les encarcela y por ello deciden alquilar para el verano una casita en una aldea en los Alpes, a los pies del Monte Rosa. Allí, Pietro comenzará a pasar sus vacaciones y conocerá a Bruno, un niño de su misma edad, silencioso y reflexivo, hijo de un albañil de la zona, que trabaja pastoreando las vacas de su tío. Bruno enseña y descubre los secretos de la montaña a Pietro, forjándose así entre ambos una sólida amistad.
Pero Pietro descubrirá también un aspecto de la personalidad de su padre que hasta entonces desconocía. Su padre, que en Milán era una persona arisca, en la montaña es un hombre feliz y el senderismo es la forma de comunicarse con su hijo, aunque su valor no cobrará vida hasta años después.
El libro está estructurado en tres partes y doce capítulos. Un narrador omnisciente en tercera persona en la voz de Pietro nos lleva por distintas etapas de la amistad de dos niños que se convertirán en adultos con caminos separados para volver a unirse en la madurez. Pietro, convertido en hombre de ciudad, con su padre ya fallecido, y Bruno que ha permanecido en las montañas. Los momentos que compartirán les servirán para reconciliarse con ellos mismos y su pasado.
La historia de Pietro, según reconoce el autor, es «similar» a la suya: «Es un lugar muy importante de su infancia porque sufría por crecer en una ciudad y la montaña era el lugar donde se liberaba». Luego "tuvo un gran amor por la ciudad". De hecho, estuvo viviendo en Nueva York, y la montaña se convirtió para él en un mero "lugar de la infancia". Sin embargo, a los treinta años se vio sumido en una crisis personal, profesional y sentimental» «y se convirtió en un lugar donde comenzar». Actualmente vive en una cabaña a casi 2.000 metros de altura en los Alpes.
Me ha gustado cuando Bruno le dice a Pietro que el uso de la palabra «naturaleza» es una abstracción útil sólo para quienes no viven en ella. “Nosotros decimos "bosque, prado, torrente", cosas que pueden tocarse con un dedo.» O la conversación entre Pietro y su padre en el que se nos hace entender que si vivimos sumergidos en el río de la vida, el futuro no está en la desembocadura hacia la que se derrama el agua, como podría parecer, sino en el manantial del que brota. Es decir, en el agua que aún ha de mojarnos.
El carácter de las personas aflora en la manera que tienen de afrontar la montaña, unos prefieren conquistar la cima, otros rodearla respetando su sacralidad, como si una persona pudiera realizarse igualmente sin tener que llegar a lo más alto.